Por Redacción O’Neill Clan
Si hubiera que elegir un solo nombre para representar a la dinastía O’Neill, muchos historiadores se quedarían con el suyo. Hugh O’Neill (Aodh Mór Ó Néill), segundo conde de Tyrone, fue a la vez cortesano y caudillo gaélico, diplomático y general. Durante casi una década mantuvo en jaque al ejército de Isabel I de Inglaterra y estuvo más cerca que nadie de expulsar a la Corona inglesa de Irlanda.
Un niño entre dos mundos
Hugh nació hacia 1550 en una familia marcada por las luchas internas. Su abuelo, Conn Bacach O’Neill, había aceptado en 1542 el título de conde de Tyrone de manos de Enrique VIII, y las disputas por la herencia acabaron con el asesinato de su padre, Matthew. Siendo todavía niño, Hugh fue llevado bajo tutela inglesa y creció en el entorno de la nueva nobleza protestante, conociendo de primera mano sus costumbres, su política y su forma de hacer la guerra.
Aquella educación sería decisiva. Cuando regresó al Ulster, sabía moverse en la corte de Londres con la misma soltura que en una asamblea de clanes, y supo aprovechar esa doble condición durante años.
Del título inglés a la corona gaélica
En 1587 fue reconocido como conde de Tyrone por la Corona. Aparentemente era un aliado fiel, pero en paralelo fue reforzando su poder: tejió alianzas matrimoniales con los O’Donnell de Tír Chonaill, rearmó a sus hombres y, según se ha contado muchas veces, importó plomo con el pretexto de reparar los tejados de su castillo de Dungannon, aunque en realidad servía para fundir balas.
En 1595 dio el paso definitivo: fue proclamado «el O’Neill» en Tullaghoge, el lugar sagrado de coronación de su linaje. Ya no era solo un conde al servicio de Inglaterra, sino el señor del Ulster gaélico.
La Guerra de los Nueve Años
Entre 1593 y 1603, Hugh O’Neill y su aliado Red Hugh O’Donnell dirigieron una guerra que se extendió por casi toda la isla. Hugh había modernizado su ejército con picas y mosquetes al estilo continental y combinaba esa disciplina con el conocimiento del terreno de bosques, pantanos y pasos estrechos. Su mayor triunfo llegó en 1598 en la batalla del Vado Amarillo, la peor derrota sufrida por un ejército inglés en Irlanda.
La apuesta española
Hugh sabía que necesitaba un aliado exterior y lo buscó en la monarquía católica de Felipe II y, después, de Felipe III. Las cartas entre el Ulster y la corte española fueron constantes, y en 1601 una flota con unos 3.500 soldados al mando de don Juan del Águila desembarcó en Kinsale, en el extremo sur de la isla. El lugar, a cientos de kilómetros del Ulster, obligó a Hugh a una agotadora marcha invernal. La derrota de Kinsale, a finales de ese año, cambió el rumbo de la guerra.
Rendición y exilio
Hugh se rindió en Mellifont en marzo de 1603, sin saber que Isabel I había muerto días antes. Conservó su título, pero la presión de las autoridades fue creciendo hasta que, en septiembre de 1607, embarcó en Rathmullan junto a otros señores del norte en la llamada Huida de los Condes. Ya nunca volvería.
Pasó sus últimos años en Roma, bajo la protección del papa y con una pensión de la Corona española, soñando con un regreso que no llegó. Murió el 20 de julio de 1616 y fue enterrado en la iglesia de San Pietro in Montorio, en el Janículo, donde todavía hoy puede visitarse su lápida.
Un legado que llega hasta España
La figura de Hugh O’Neill explica en buena medida por qué el apellido arraigó en España. Muchos de sus parientes y seguidores sirvieron en los tercios y regimientos irlandeses de la monarquía hispánica, y sus descendientes acabaron integrados en la nobleza española. Pero esa es otra historia que contamos en nuestra sección dedicada a los O’Neill de Francia, España y Portugal.
Preguntas frecuentes
¿Dónde está enterrado Hugh O'Neill?
En la iglesia de San Pietro in Montorio, en Roma.
¿Por qué es importante Hugh O'Neill?
Lideró la Guerra de los Nueve Años (1593-1603), la mayor rebelión irlandesa contra la Corona inglesa en el siglo XVI.